
Metal Gear Solid 3 Delta
El diario de Big Boss
PrólogoPRÓLOGO: EL PESO DEL LEGADO
Prólogo — PRÓLOGO: EL PESO DEL LEGADO
Dicen que el tiempo cura todas las heridas.
Quienquiera que haya dicho esa estupidez, nunca fue un soldado.
El tiempo no cura nada. Solo entierra los recuerdos bajo capas de cinismo y cicatrices.
Me llaman Big Boss. El soldado legendario. El mercenario perfecto que salvó al mundo de la aniquilación nuclear en la Guerra Fría. El hombre que superó a su maestra.
Odio ese nombre.
Cada vez que alguien lo pronuncia, siento que me están escupiendo a la cara. Porque ese título, esa estúpida medalla que el gobierno me colgó en el pecho… no está hecha de honor. Está forjada con la sangre de la única persona que de verdad me importó, y construida sobre una mentira tan colosal que terminó fracturando mi alma para siempre.
Para que entiendas quién soy. Para que comprendas por qué abandoné mi patria y decidí que los soldados necesitábamos nuestra propia nación, sin fronteras y sin políticos… un verdadero Outer Heaven… tienes que entender cómo morí.
Sí. El joven patriota llamado Jack murió en agosto de 1964.
Lo que regresó a casa caminando sobre dos piernas… fue un cascarón vacío.
Esta es la verdad sobre Tselinoyarsk.
Sobre la Operación Snake Eater.
```Capítulo 1LA MISIÓN VIRTUOSA
Todo comenzó el 24 de agosto de 1964. La C.I.A. y mi unidad, FOX, liderada por el Mayor Zero, me enviaron a la región montañosa de Tselinoyarsk, en la Unión Soviética.
Mi nombre en clave era Naked Snake. Fui el conejillo de indias para el primer salto HALO de la historia: caída libre a gran altitud, apertura a baja altitud. Caí en aquella selva húmeda, hostil y plagada de soviéticos con un solo objetivo en la Misión Virtuosa: rescatar al científico Nikolai Sokolov.
Sokolov era un desertor. Había sido forzado a desarrollar un monstruo de metal llamado Shagohod. Un tanque colosal, capaz de acelerar a cientos de millas por hora y lanzar un misil nuclear desde cualquier coordenada de la Tierra.
Si la facción extremista del Coronel Volgin lograba terminarlo, la disuasión nuclear sería un chiste.
La Guerra Fría terminaría en un baño de fuego atómico.
Pero yo estaba tranquilo. Porque no estaba solo.
Tenía apoyo por radio. Tenía a Zero, a Para-Medic, a Sigint... y la tenía a ella.
The Boss.
¿Cómo te explico lo que ella significaba para mí? Yo era un huérfano. El ejército me crio a base de golpes y disciplina ciega. Pero ella me adoptó cuando yo tenía quince años. Me enseñó a disparar, a sobrevivir en la naturaleza, a pensar como un guerrero.
Durante años vivimos aislados. Juntos creamos el CQC, el Close Quarters Combat. El combate cuerpo a cuerpo no es solo dar puñetazos y llaves; es una danza letal que requiere una sincronización y una confianza absolutas. Tienes que confiarle tu vida a los movimientos del otro.
Ella no era solo mi comandante.
Era mi mentora. Era lo más cercano a una madre.
Era la mitad de mi alma.
Logré infiltrarme en las ruinas donde tenían a Sokolov. Incluso me crucé con un joven engreído del escuadrón soviético GRU, un comandante llamado Ocelot. Era rápido, pero inexperto. Le di una paliza usando CQC y le aconsejé que dejara las pistolas automáticas y usara un revólver.
Todo iba según el plan. Tenía a Sokolov. Íbamos al punto de extracción.
Hasta que llegamos a ese maldito puente colgante.
Apareció caminando entre la niebla. The Boss. Llevaba su inmaculado traje de combate blanco. Pero algo andaba mal.
Detrás de ella estaban los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial: la legendaria Unidad Cobra. The Pain, The Fear, The End, The Fury, y el espíritu de The Sorrow. El escuadrón sobrehumano que ella misma fundó.
Me miró a los ojos, fríos como el hielo, y me dijo que desertaba a la Unión Soviética. Que se unía a la facción rebelde de Volgin. Como regalo de traición, traía dos ojivas nucleares portátiles norteamericanas.
No lo podía creer. Mi mente se quedó en blanco. Intenté detenerla. Usé el CQC que ella misma me enseñó...
Fui un idiota.
Me desarmó en un parpadeo. Me agarró el brazo y sentí cómo el hueso crujía, astillándose bajo su agarre implacable. El dolor me cegó. Me levantó en el aire y me arrojó por el borde del puente, hacia el abismo y el río helado.
Mientras caía, golpeándome contra las rocas y hundiéndome en las aguas gélidas, vi al cielo abrirse.
Volgin, ese sádico hijo de perra, tomó una de las ojivas nucleares Davy Crockett y, en un acto de pura locura, la disparó contra las instalaciones de investigación de su propio país.
Solo para culpar a The Boss.
Solo para culpar a Estados Unidos.
Un hongo de fuego devoró las nubes. Yo sangraba en la orilla, con el brazo destrozado, viendo cómo el mundo que conocía se convertía en cenizas.
Y con ese destello radiactivo...
se quemó mi fe ciega.
Capítulo 2EL DESCENSO AL INFIERNO
Washington entró en pánico. El líder soviético, Nikita Jrushchov, llamó por la línea roja al Presidente Lyndon B. Johnson exigiendo respuestas por la explosión nuclear en sus instalaciones de investigación.
La Guerra Fría estaba a punto de calentarse hasta fundir el planeta. Para evitar la Tercera Guerra Mundial y demostrar que el gobierno americano no tenía nada que ver con la bomba de Volgin, la C.I.A. me sentenció.
Era un ultimátum: o limpiaba nuestro nombre, o toda la recién formada unidad FOX, liderada por el Mayor Zero, sería desmantelada y nosotros ejecutados por traición.
Me enviaron de vuelta a ese infierno verde solo una semana después. Mi cuerpo era un mapa de dolor; aún sentía los huesos astillados y los ligamentos rotos por la paliza que mi propia mentora me había dado en aquel puente.
Bautizaron mi tormento como Operación Snake Eater. Mi misión era un suicidio a cuatro bandas: rescatar a Sokolov de nuevo, destruir el Shagohod, asesinar al Coronel Volgin... y eliminar a la mujer que me enseñó a vivir.
Tenía que matar a The Boss.
Aterricé en territorio soviético transportado por un dron sigiloso, llevando conmigo el pañuelo que le había arrancado a The Boss en nuestra última pelea. Quería respuestas.
Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido. Antes de poder orientarme, ella me encontró.
The Boss apareció de la nada montada en su caballo blanco, burlándose de mí y advirtiéndome que me fuera a casa. Intenté usar el CQC contra ella, pero fue inútil. Me dominó con una facilidad insultante, me desarmó y destruyó mi dron de transporte antes de marcharse, dejando que su caballo pisoteara mi mano en el proceso.
Estaba solo.
Más solo que nunca.
Mi primer objetivo era reunirme con un infiltrado de la KGB cuyo nombre en clave era ADAM. Pero en el punto de encuentro, no apareció ningún ADAM.
En su lugar, el rugido de una motocicleta rompió el silencio de las ruinas. Se hacía llamar EVA. Era hermosa, letal, y disparaba una vieja pistola china Mauser con la precisión de un demonio.
Para confirmar su identidad le pedí la contraseña. Su respuesta fue un susurro incomprensible para cualquier otro, pero claro para mí:
«Lalilulelo».
Apenas tuvimos tiempo para hablar cuando fuimos emboscados por el escuadrón soviético GRU, liderados por el mismo joven engreído que había humillado días atrás: el Mayor Ocelot.
EVA eliminó a varios de sus hombres con su motocicleta antes de que Ocelot la tomara como rehén. El muy sádico intentó dispararme usando un ornamentado revólver de acción simple que acababa de conseguir, pero olvidó un pequeño detalle en su teatrito de vaquero: no había contado las balas.
Su cañón estaba vacío.
Le perdoné la vida, dejé que huyera y EVA me entregó un disfraz de científico y una pistola para poder infiltrarme en las instalaciones de investigación.
Confié en ella. Fue mi primer error en una larga lista de errores que me llevarían a aborrecer a los gobiernos y a sus espías.
Con el disfraz de científico logré infiltrarme en el laboratorio buscando a Sokolov, pero a quien encontré fue al director del lugar: el Doctor Aleksandr Granin.
Estaba borracho, resentido y ahogado en su propio ego. Me contó que su diseño para un tanque nuclear bípedo, un proyecto al que llamaba Metal Gear, había sido rechazado por el alto mando soviético en favor del Shagohod de Sokolov.
Lleno de rencor, Granin me reveló que Sokolov había sido trasladado a la base principal de Volgin, la gigantesca fortaleza de Groznyj Grad, para terminar los preparativos del tanque.
Granin, solo para ver fracasar a su rival, me entregó una tarjeta de acceso que me permitiría atravesar un túnel secreto y llegar hasta la fortaleza.
Pero antes de poder usar esa llave, antes de poder llegar a los muros de Groznyj Grad y ver la cara de Volgin, tenía que cruzar la selva espesa y las cadenas montañosas de Tselinoyarsk.
Y la selva no estaba vacía.
Mis pasos estaban siendo observados.
La Unidad Cobra me estaba esperando. No eran simples soldados; eran las emociones crudas del campo de batalla encarnadas en monstruos con habilidades sobrenaturales que sobrepasaban el entendimiento humano.
Hombres y mujeres que, al morir, estallarían en pedazos por una microbomba implantada en sus cuerpos, solo para no dejar rastro y avisar a su líder de su caída.
Para poder llegar al corazón de la conspiración, iba a tener que cazarlos.
A todos y cada uno de ellos.
Capítulo 3LA CAZA DE LOS COBRAS
El primero fue The Pain. El Dolor. Y Dios sabe que le hacía honor a su nombre.
Un soldado mutado, un monstruo capaz de controlar enjambres enteros de abejas y avispas asesinas gracias a una reina que albergaba en su propia mochila... e incluso dentro de su propio cuerpo.
Me emboscó en las profundidades de una cueva subterránea, completamente a oscuras. No había a dónde correr. Las balas de mi rifle de asalto rebotaban inútilmente contra un escudo vivo y zumbante de insectos que lo cubría por completo.
Él reía mientras me disparaba con su subfusil Thompson, pero las balas no eran lo peor.
Eran sus abejas bala.
Me picaron docenas de veces. Sentía el veneno quemándome las venas como ácido puro, la fiebre subiendo por mi cuello, mi visión nublándose por el shock anafiláctico.
Tuve que usar mi cerebro y el entorno para no morir ahí mismo. Me sumergí en el agua helada del lago subterráneo, aguantando la respiración hasta que mis pulmones suplicaban aire, usando el lodo y la humedad para evadir el rastreo de su enjambre.
Jugamos al escondite en la oscuridad.
Emergía, le lanzaba granadas de fósforo y ráfagas de escopeta a quemarropa para romper su armadura de insectos, y volvía a hundirme.
Cuando finalmente cayó, no fue una muerte normal. Su cuerpo comenzó a convulsionar, suplicando por la bomba. Todos los Cobras tenían una microbomba implantada en sus entrañas para no dejar rastro de sus cuerpos y avisar a The Boss de su caída.
Estalló en pedazos, dejando atrás solo el eco de la cueva...
y el zumbido de abejas huérfanas.
Luego, en el espeso corazón del bosque de Graniny Gorki, me topé con The Fear. El Miedo.
Ese bastardo no peleaba como un hombre; se movía como una maldita araña gigante, dislocando sus articulaciones con chasquidos repugnantes para saltar de rama en rama a velocidades inhumanas.
Usaba un prototipo de camuflaje óptico que doblaba la luz y lo hacía prácticamente invisible en la espesa maleza, y me cazaba desde las alturas con una ballesta cargada de dardos impregnados en veneno.
Un dardo me rozó la pierna.
Sentí cómo mis músculos se paralizaban al instante, el veneno de la araña errante brasileña deteniendo mi torrente sanguíneo. Tuve que operarme a mí mismo escondido detrás de un tronco hueco, rezando para que no me viera.
Agarré mi cuchillo de supervivencia y escarbé en mi propia carne para sacar el dardo. Usé mi puro encendido para quemar y cauterizar la herida abierta, y me inyecté el suero antitoxinas directo en el muslo mientras apretaba los dientes para no gritar.
Sobreviví usando la tecnología a mi favor. Me puse mis gafas de visión térmica. El camuflaje óptico drenaba su energía rápido, obligándolo a cazar animales crudos en plena pelea para recuperar resistencia.
Seguí el leve rastro del calor de su cuerpo entre la niebla fría y lo acribillé como al animal rabioso en el que se había convertido.
Al morir, su cuerpo se llenó de sus propias flechas...
antes de estallar en una nube de sangre y fuego.
Pero nada... absolutamente nada te prepara para The End. El Fin.
El padre de todos los francotiradores modernos. Un anciano decrépito de más de cien años, veterano de mil guerras, que sobrevivía en la jungla gracias a la fotosíntesis de unos antiguos parásitos habitando en su cuerpo.
No necesitaba comer.
No necesitaba moverse.
Solo esperaba.
Aquel fue un duelo de resistencia mental y física que puso a prueba cada lección que The Boss me enseñó.
Horas eternas arrastrándome centímetro a centímetro por el lodo en tres kilómetros cuadrados de selva espesa y mortífera. Tuve que medir la dirección y velocidad del viento, controlar mis latidos, comer serpientes y ratas crudas para que el ruido de abrir una ración de combate no delatara mi posición.
Un solo error, un solo crujido de una rama seca bajo mi bota...
y una bala de alto calibre atravesaría mi cráneo antes de que pudiera escuchar el disparo.
Me acechaba usando a su loro como observador. Lo superé con paciencia infinita. Rastreé el destello de la lente de su mira telescópica bajo los rayos del sol y seguí las huellas que dejaba en el musgo.
Lo flanqueé.
Fue una batalla de honor entre dos fantasmas, una partida de ajedrez donde el tablero era la jungla entera.
Al final, no hubo explosión sangrienta. The End aceptó su derrota, me entregó su rifle, y se desintegró en una lluvia de luz y hojas verdes, fusionándose con el bosque que tanto amaba.
Después, las cosas se pusieron claustrofóbicas.
Descendí a los túneles de ventilación subterráneos de Groznyj Grad, una oscuridad de cemento y acero. Allí me aguardaba The Fury. La Furia.
Un ex cosmonauta soviético que había ido al espacio durante la Guerra Fría y regresó envuelto en un accidente de fuego y quemaduras de tercer grado.
Lo que volvió a la Tierra no era un hombre...
era un cascarón consumido por una ira incontrolable hacia un mundo que lo había traicionado.
Enfundado en un pesado traje espacial soviético ignífugo, armado con un jetpack y un lanzallamas industrial de grado militar, me persiguió por un laberinto de pasillos estrechos.
El calor era insoportable, asfixiante. Sentía mi piel ampollarse a través del uniforme táctico. El fuego devoraba el oxígeno del túnel, dejándome mareado y al borde del desmayo.
Jugamos al gato y al ratón en la más absoluta oscuridad, iluminados solo por lenguas de fuego de quince metros.
Usé explosivos C4, granadas aturdidoras y cuchilladas letales, todo para rasgar su traje blindado y exponer su carne al oxígeno.
Cuando finalmente colapsó, su furia fue tal que su fantasma en llamas pareció perseguirme por un segundo antes de que su microbomba detonara.
La explosión masiva arrasó las tuberías y casi colapsa el túnel entero sobre mi cabeza. Me arrastré entre los escombros y el humo tóxico.
Había sobrevivido.
Pero la cacería me estaba costando pedazos de mi propia humanidad.
Capítulo 4LA CÁMARA DE TORTURA Y EL RÍO DE LOS MUERTOS
Llegué al corazón mismo del mal: la inmensa fortaleza militar de Groznyj Grad.
Usé una máscara facial de polímero avanzado y me enfundé en un uniforme soviético para disfrazarme del Mayor Ivan Raikov. Logré infiltrarme en el laboratorio de armas secreto, caminando directamente entre las fauces del lobo.
Mi pulso era un témpano de hielo.
Encontré a Sokolov en una de las salas de desarrollo. Pero era demasiado tarde. Me entregó un microfilm con todos los datos y me confesó que el Shagohod ya estaba listo para la Fase Dos: la producción en masa.
Le prometí que lo sacaría de ese infierno de una vez por todas.
Y entonces... cometí un error.
El peor de toda mi vida.
Volgin apareció. No estaba solo.
Caminó hacia mí con esa presencia monstruosa, su cuerpo colosal cargado de electricidad estática que hacía rechinar los tubos fluorescentes del techo. Se paró frente a mí y, en un gesto repulsivo y de confianza íntima, agarró mi entrepierna.
Él y Raikov eran amantes. En un solo segundo, al no sentir lo que esperaba, supo que yo era un impostor.
«Tú no eres Ivan», gruñó.
Fui rodeado al instante. Intenté desenfundar, pero The Boss emergió de las sombras.
Me miró con absoluto desprecio, me despojó de la máscara con violencia y, frente a todos, me sometió con un CQC implacable. Me rompió la guardia, me golpeó hasta dejarme sin aire y me arrojó al suelo como a un perro.
Me capturaron.
Lo que siguió en esa fría celda de interrogatorio... es algo que se grabó en mis huesos y en mis pesadillas para el resto de la eternidad.
Volgin me colgó de las tuberías del techo. Tenía las manos esposadas sobre mi cabeza y los pies colgando en el vacío.
Me golpeó sin piedad. Sus puños eran yunques de acero. Luego, usó su propio cuerpo como generador y me electrocutó con millones de voltios.
El dolor me arqueaba la espalda hasta casi romperme la columna. Sentí cómo mis órganos hervían. El espeso y asqueroso olor de mi propia carne quemada me revolvió el estómago, inundando la pequeña celda.
Quería que confesara. Quería saber si yo era un espía enviado por la CIA para robar el maldito Legado de los Filósofos.
Pero yo no iba a hablar.
The Boss me había entrenado para esto. Me enseñó a sellar mi mente, a convertir el dolor en simple información que mi cerebro podía ignorar.
Escupí sangre en su bota, y mi silencio solo alimentó su furia.
Volgin, frustrado y dudando de la lealtad de su nueva aliada, se giró hacia The Boss. Le ordenó que me sacara los ojos con su cuchillo de combate.
Quería una prueba de sangre. Quería que demostrara que ya no me amaba como a un hijo, que había cortado todos sus lazos con su antigua patria.
The Boss no dudó.
Sacó su hoja y caminó hacia mí. Su mirada era un muro de piedra.
Pero EVA estaba allí. Disfrazada aún como la amante de Sokolov, intervino para detenerla, excusándose en que la sangre arruinaría la tortura.
Ocelot, observando la escena desde una esquina, se dio cuenta del nerviosismo de la mujer. En su sadismo adolescente, dedujo que ella ocultaba algo.
Sacó su revólver, metió una sola bala en el tambor, lo hizo girar y empezó a jugar a la ruleta rusa con EVA para probar si era una espía.
Apretó el gatillo una vez. Clic.
Dos veces. Clic.
Se estaba riendo.
La vi temblar. No iba a permitir que la única persona que podía ayudarme a completar la misión muriera por mi culpa. No iba a dejar que ese mocoso la matara.
Aún colgado, sangrando y con las manos atadas a las tuberías, usé todas las fuerzas que me quedaban en el abdomen y balanceé mis piernas para abalanzarme sobre Ocelot en el último segundo, justo cuando iba a apretar el gatillo de nuevo.
El fogonazo me cegó.
Sentí la pólvora encendida ardiendo y fundiéndose con la piel de mi mejilla. La bala rasgó mi carne, rebotó contra el hueso de mi cráneo y reventó mi ojo derecho por completo.
Caí al suelo en un charco de mi propia sangre, escupiendo y ahogándome en el dolor.
La oscuridad me devoró por la derecha.
Para siempre.
El mundo perdió su profundidad. Me habían mutilado. Me habían quitado la mitad de la vista en un solo instante de fuego y pólvora.
Pero no me quebraron.
The Boss abofeteó a Ocelot por su estupidez. Luego, tomó una pistola y me disparó un tiro limpio en la pierna.
Fue un mensaje. Un castigo para los rusos, pero una salvación encubierta para mí: me dio una excusa para ser llevado a una celda médica y, en secreto, deslizó un revólver vacío en mi equipo para mi huida.
A pesar de estar medio ciego, logré escapar de mi confinamiento.
Usé la sangre falsa y un cigarrillo con gas somnífero que tenía oculto en el estómago para engañar al guardia de mi celda, un pobre diablo llamado Johnny.
Tomé mi radio, fingí mi propia muerte con una píldora médica secreta que ralentizaba mis signos vitales hasta cero, y cuando abrieron la puerta, resucité y me abrí paso a golpes.
Caminé a ciegas por los túneles. Me acorralaron. No tuve más remedio que saltar por el ducto de desagüe gigante hacia el furioso río subterráneo que corría debajo de la fortaleza.
Mientras caía en picada hacia el agua negra, pensé que estaba a salvo.
Pensé que lo peor, el dolor físico, había pasado.
Pero el infierno aún me guardaba una última prueba.
Una que no atacaría mi cuerpo, sino mi mente.
Desperté en el purgatorio.
Literalmente.
Un río interminable de agua gélida y niebla negra perpetua. El cielo no existía, solo un dosel de oscuridad.
Frente a mí, flotando en el aire sin tocar el agua, con el cráneo ensangrentado y una lágrima de sangre cayendo por su mejilla, estaba el último de los Cobras: The Sorrow. El Lamento.
Él era un médium. Un hombre que ya estaba muerto, asesinado años atrás en un acto de sacrificio por la propia The Boss, la mujer a la que amaba.
No me atacó con balas. No usó fuego ni veneno.
Hizo algo mucho peor.
Me obligó a caminar por aquel río espectral, vadeando contra la corriente a través de los espíritus sangrantes de cada soldado, de cada vida humana que yo había segado con mis propias manos hasta ese momento de la misión.
Vi a los guardias de la selva caminando hacia mí como zombis, con los cuellos rotos en ángulos imposibles porque yo se los había partido en silencio.
Escuché los alaridos de los hombres que quemé vivos en los túneles, con su piel derretida colgando de los huesos. Vi a los que degollé, a los que acribillé.
Todos me miraban con cuencas vacías.
Sentí sus manos heladas y fantasmales agarrando mis tobillos, hundiéndome en el agua, exigiendo piedad, preguntándome por qué les había arrebatado el futuro.
The Sorrow quería que yo sintiera el verdadero peso de ser un asesino.
Quería mostrarme que no hay gloria en la guerra...
solo un río infinito de sangre que nunca se seca.
Estuve a punto de enloquecer. Mi mente, ya fracturada por la tortura, empezó a colapsar bajo el peso de la culpa.
Llegué hasta el final del río y toqué el cadáver de The Sorrow.
En ese instante, morí.
Mi corazón se detuvo. Pero mi instinto de supervivencia fue más fuerte que los fantasmas.
Mientras mi visión se fundía en negro en ese mundo espiritual, usé mi lengua para romper la píldora de reanimación real que escondía en mi muela.
La química quemó mi sangre y mi corazón dio un vuelco violento.
Desperté en el mundo de los vivos, jadeando como un animal ahogado, escupiendo agua en la orilla del río de Tselinoyarsk, bajo la lluvia fría de Rusia.
```Estaba vivo.
Estaba mutilado.
Y estaba listo para quemarlo todo.
Capítulo 5C3, RAYOS Y FUEGO
El cuerpo humano es una máquina estúpida.
Te dice que te detengas, te ruega que te acuestes a morir cuando los músculos se desgarran y la sangre se escapa.
Ciego de un ojo, con la mitad del rostro quemado por la pólvora, exhausto y al límite absoluto de mis fuerzas, volví a arrastrarme hacia las entrañas de Groznyj Grad.
Me reuní con EVA detrás de una cascada. Me entregó explosivos plásticos C3, lo suficientemente potentes como para volar un acorazado, y me dio la llave para entrar al hangar principal.
No había vuelta atrás.
Me infiltré en la inmensa instalación subterránea. El olor a combustible líquido para cohetes y metal frío me inundaba las fosas nasales.
Me moví como un fantasma entre los guardias y planté las cargas de C3 en los cuatro tanques de combustible del inmenso hangar del Shagohod.
Activé el temporizador.
La misión estaba a punto de terminar.
Pero en el infierno, las cosas nunca salen como las planeas.
De repente, la oscuridad desapareció. Me cegaron las luces.
Me habían tendido una trampa.
Volgin y Ocelot me estaban esperando en la pasarela superior. Pero no estaban solos.
A sus pies, arrodillada, golpeada y casi inconsciente, estaba EVA.
La habían descubierto.
Y The Boss estaba allí.
Bajó las escaleras caminando lentamente hacia mí. No intenté disparar; no habría servido de nada.
Con un solo movimiento fluido, una técnica de CQC tan perfecta que apenas la vi venir, me desarmó por completo y me obligó a arrodillarme.
Tomó el microfilm del Legado de los Filósofos que EVA llevaba escondido y se alejó con ella a rastras, dejándome a solas con el monstruo.
Fue entonces, rodeado de misiles nucleares, cuando Volgin comenzó a reír y me confesó el verdadero motivo de esta pesadilla: el Legado de los Filósofos.
Una fortuna incomprensible de cien mil millones de dólares, reunida durante la Segunda Guerra Mundial por los hombres más poderosos de Estados Unidos, la Unión Soviética y China.
El padre de Volgin había lavado ese dinero y lo había escondido en bancos de todo el mundo.
Ese bastardo eléctrico heredó esa fortuna infinita y la estaba usando para financiar a su ejército, construir el Shagohod y empujar al mundo hacia el abismo de la Tercera Guerra Mundial.
Volgin bajó a la plataforma principal. Quería matarme con sus propias manos.
Ocelot, en un extraño acto de honor retorcido, me devolvió mis armas.
Peleé contra él a puño limpio.
Su cuerpo colosal irradiaba descargas eléctricas letales; diez millones de voltios recorriendo sus venas. El aire olía a ozono y a pólvora.
Esquivé sus rayos rodando por el suelo de acero, bloqueé sus brutales ganchos y le respondí con todo lo que The Boss me había enseñado.
Le disparé a quemarropa, le destrocé las costillas a golpes, usé sus propias descargas para hacer estallar las tuberías de agua y cortocircuitarlo.
Lo vencí.
Cayó de rodillas, tosiendo sangre y chispas.
Y entonces...
el reloj llegó a cero.
Los explosivos C3 detonaron a mi espalda con una fuerza titánica.
El hangar entero fue envuelto en una tormenta de fuego y acero retorcido. El suelo colapsó.
Escapé a duras penas, corriendo a través de los escombros ardientes hasta la salida.
Afuera, en la oscuridad de la noche, EVA me esperaba en su motocicleta con sidecar. Salté dentro.
Creíamos que lo habíamos logrado.
Creíamos que el monstruo nuclear había sido enterrado bajo toneladas de fuego.
Estábamos equivocados.
El Shagohod emergió de las ruinas.
Intacto.
Imparable.
Y en la cabina, el maldito Volgin, consumido por la locura y el odio.
EVA aceleró al máximo. El motor de la motocicleta rugió, escupiendo humo.
Nos persiguió por las pistas de aterrizaje de Groznyj Grad en una carrera suicida.
Fue una pesadilla de velocidad y destrucción.
El tanque gigante arrasaba con todo a su paso, lanzándonos lluvias de misiles y ráfagas de ametralladora pesada.
EVA esquivaba los cráteres y el fuego cruzado mientras yo, aferrado al sidecar, disparaba mis RPGs directamente a las orugas de tracción del tanque para intentar frenarlo.
Logramos volar el puente con C4 justo cuando él pasaba, pero el Shagohod usó sus propulsores de cohete para saltar el vacío.
Volgin no iba a detenerse hasta vernos muertos.
Finalmente, le destrozamos las orugas. El tanque se detuvo.
Pero Volgin, en un acto de pura desesperación y locura, salió de la cabina y acopló su propio cuerpo destrozado a los cables de alimentación del chasis del Shagohod averiado.
Estaba usando su propia electricidad para mover aquella masa de miles de toneladas de metal.
Lo acorralamos en la pista.
Agoté toda la munición que me quedaba en mi rifle y en mi lanzacohetes contra su cuerpo blindado.
Sangraba, sus músculos humeaban, pero seguía riendo, canalizando electricidad al cielo, creyéndose un dios intocable.
Y entonces...
la naturaleza dictó su sentencia.
El cielo se había vuelto negro. Una tormenta feroz se había desatado sobre nosotros.
Los rayos, atraídos por la inmensa carga electromagnética que Volgin estaba expulsando al aire, cayeron directamente sobre él.
La ira del cielo lo frió vivo frente a mis ojos. Lo redujo a cenizas ardientes sobre la chatarra humeante de su propio sueño.
El Shagohod estaba muerto.
Volgin estaba muerto.
Escapamos hacia un inmenso lago fronterizo.
EVA encendió los motores del ekranoplano de escape, una nave WIG lista para llevarnos lejos de ese infierno de una vez por todas.
Estábamos libres. Los cazas rusos pronto llegarían para bombardear y borrar toda la evidencia, pero teníamos tiempo para huir.
Pero yo no me subí a la nave.
Me quedé de pie en la orilla. Sentía un hueco en el estómago que ninguna victoria podía llenar.
Sabía que faltaba algo.
Alguien.
El verdadero objetivo de esta misión suicida aún no se había cumplido.
Cargué mi arma.
Dejé a EVA en el avión y caminé cojeando a través del bosque, hacia la zona de extracción final.
A lo lejos, los árboles se abrían, revelando un inmaculado y gigantesco campo de lirios blancos que se mecían suavemente con el viento helado.
Un lugar hermoso, puro, completamente fuera de lugar en medio de tanta muerte.
```Y allí estaba ella.
Capítulo 6LÁGRIMAS ROJAS EN UN MAR BLANCO
EVA me esperaba en el ekranoplano, con los motores encendidos en el lago.
Estábamos a un paso de la libertad.
Pero mis pies se detuvieron.
Sabía que faltaba algo.
Alguien.
Caminé arrastrando mi cuerpo mutilado hacia un inmenso y hermoso campo de lirios blancos.
Y allí estaba ella.
Vestida con un traje de combate blanco nieve, inmaculada entre las flores.
Esperándome.
The Boss.
Me acerqué a ella. La miré a los ojos y, con la voz rota, le pregunté por qué.
Por qué había traicionado a su patria, a sus ideales, a mí.
Quería odiarla. Necesitaba odiarla para poder apretar el gatillo.
Pero ella me miró con esa tristeza infinita, antigua, como si cargara todo el peso de la humanidad sobre sus hombros.
No me habló de traición.
Me habló de un mundo sin fronteras.
Me explicó que los aliados de hoy son los enemigos de mañana, que nosotros, los soldados, somos solo peones sacrificados por los caprichos temporales de políticos cobardes.
Me contó un secreto que Estados Unidos había ocultado al mundo: ella había viajado al espacio en una misión no oficial.
Y desde allí arriba, observando la Tierra, no vio un bloque oriental y un bloque occidental.
No vio fronteras dibujadas en el suelo.
Vio un solo mundo.
Un mundo que merecía estar unido.
Luego, se bajó la cremallera superior de su traje y expuso su vientre.
Vi una cicatriz inmensa, grotesca y retorcida en forma de serpiente cruzando su abdomen.
Me contó su origen: el precio de haber dado a luz en medio del campo de batalla durante el desembarco de Normandía, en plena Segunda Guerra Mundial.
Le hicieron una cesárea bajo el fuego enemigo y, nada más nacer, los Filósofos le arrebataron a su bebé de los brazos.
Ese bebé, ese niño robado que creció en las trincheras...
era Ocelot.
Ella había dado su sangre, su honor y hasta su propia carne por el mundo.
Ya no le quedaba nada.
«Solo hay sitio para un Jefe... y para una Serpiente», me dijo, con una calma que me heló la sangre.
Sacó su arma personal, una ametralladora modificada a la que llamaba «El Patriota».
A lo lejos, escuché el rugido de los motores. Los cazas MiG rusos estaban en camino.
Teníamos exactamente diez minutos antes de que bombardearan toda la zona con napalm para borrar cualquier evidencia del Shagohod, de Volgin y de nosotros.
El viento sopló fuerte, levantando una tormenta de pétalos blancos a nuestro alrededor.
Y la danza final comenzó.
Fueron los diez minutos más agonizantes de mi puta existencia.
Fue una danza macabra.
Usamos cada técnica, cada agarre, cada contragolpe de CQC que ella me había enseñado durante años en aquel encierro.
Leíamos los movimientos del otro antes de ejecutarlos.
Era como pelear contra mi propio reflejo.
No había odio en sus golpes. No había maldad.
Solo el peso innegable y trágico del deber de un soldado.
Pero yo era más joven.
Y el dolor por mi ojo perdido, la rabia ardiente por su supuesta traición y el instinto puro de supervivencia me dieron una fuerza desesperada.
En el último suspiro de la pelea, cuando los pulmones nos quemaban y los músculos no daban más, logré romper su guardia.
Le torcí el brazo, la desarmé y la derribé pesadamente entre las flores blancas.
Quedó tendida en la tierra que tanto amaba.
Agonizante.
Tosiendo sangre.
Y aun así, me sonrió.
Me extendió la mano temblorosa y me entregó el microfilm con el Legado de los Filósofos.
Luego, me entregó su propia arma.
«El Patriota».
Me miró a los ojos.
Había orgullo en su mirada. El orgullo de una madre viendo a su hijo graduarse.
Pero también había una súplica.
Me pidió, como su último deseo en esta tierra, que yo terminara con su vida.
Que yo la liberara de su carga.
Me arrodillé junto a ella.
Tomé el arma.
Apunté directamente a su pecho.
Mis manos, las mismas manos que no habían temblado al matar a cientos de hombres, temblaban violentamente.
Era la mujer que amaba.
Mi mentora.
La soldado perfecta.
Cerré mi ojo sano porque no podía soportar verla morir.
Y apreté el gatillo.
El estruendo rompió mi mente en pedazos.
Abrí el ojo.
El inmenso campo de lirios blancos e inmaculados...
se tiñó de un rojo carmesí brillante.
Una ola de sangre que se extendió por las flores.
El viento arrastró los pétalos rojos hacia el cielo, como lágrimas de sangre lloviendo sobre nosotros.
Su caballo blanco se acercó caminando despacio, olfateando el cuerpo inerte de su dueña.
Y entonces vi algo que me heló el alma.
La cicatriz en forma de serpiente que cruzaba su vientre pareció cobrar vida.
Como si su espíritu finalmente fuera libre, la serpiente se deslizó fuera de su cuerpo, serpenteando por la tierra hasta desaparecer entre las flores ensangrentadas.
Me quedé allí, de rodillas, completamente solo bajo el cielo gris.
En ese preciso instante, mientras veía su pecho dejar de moverse...
```el hombre llamado Jack murió para siempre.
EpílogoEL NACIMIENTO DEL MONSTRUO Y OUTER HEAVEN
Logramos despegar del lago bajo el fuego cruzado.
Dejamos atrás la jungla, a los rusos y el cuerpo sin vida de la única persona que alguna vez me importó.
Escapamos hacia una casa segura en Alaska.
Esa noche, EVA y yo la pasamos juntos. Brindamos. Celebramos que estábamos vivos.
Busqué en ella un refugio para olvidar el estruendo de mi propia arma al matar a The Boss.
Pero la paz es una ilusión efímera para los perros de guerra.
A la mañana siguiente, me desperté y el frío me caló hasta los huesos.
La cama estaba vacía.
EVA ya no estaba.
Me levanté de golpe. Busqué en mi equipo.
Se había llevado el microfilm con el Legado de los Filósofos.
En la mesa de noche, junto a una botella vacía, solo dejó una nota y una cinta de audio grabada con su voz.
Puse la cinta.
Y en los siguientes diez minutos, mientras escuchaba la voz de la mujer con la que acababa de dormir...
el resto de mi cordura y de mi fe en la humanidad se hicieron pedazos.
EVA me confesó que todo era una farsa.
Ella no se llamaba EVA. No era una espía de la KGB enviada por Jrushchov.
Era una espía enviada por la República Popular China.
Su única misión desde el principio fue usarme, acercarse a Volgin y robar el maldito Legado para su país.
Me dijo que su orden original era asesinarme al terminar, pero que no pudo hacerlo.
No porque me amara...
sino porque le había hecho una promesa a The Boss de dejarme vivir.
Pero eso no fue lo que me destruyó.
El dinero, el engaño de los espías... a eso estaba acostumbrado.
Lo que me mató por dentro...
Lo que convirtió mi sangre en veneno...
fue la verdad sobre mi mentora.
EVA me reveló la última confidencia de The Boss.
Ella jamás, ni por un maldito segundo, traicionó a los Estados Unidos.
Nunca desertó.
Todo su acto en el puente colgante, su unión con el sádico de Volgin, todo fue una operación encubierta de la CIA.
Le ordenaron fingir su traición para infiltrarse en las filas rusas y robar el Legado de los Filósofos para Washington.
Ese era el plan original.
Un trabajo limpio.
Hasta que Volgin, en su locura, disparó aquella ojiva nuclear americana sobre las instalaciones soviéticas.
Los burócratas trajeados de Washington se aterrorizaron.
Para evitar la Tercera Guerra Mundial y limpiar sus propias manos de sangre, decidieron que alguien debía pagar el precio de su error de cálculo.
Le ordenaron a The Boss que mantuviera su tapadera.
Le ordenaron que se dejara cazar y muriera a manos de su discípulo más amado.
Le exigieron que aceptara pasar a la historia mundial como un monstruo absoluto, como una terrorista y una criminal de guerra traidora.
Todo...
única y exclusivamente para encubrir los errores de los mismos políticos cobardes que estaban sentados cómodamente en sus despachos limpios.
Y ella lo hizo.
Aceptó el deshonor, la infamia y la muerte por pura y ciega lealtad a una patria que no dudó en sacrificarla como un peón inútil en su tablero de ajedrez.
Y yo... yo fui el idiota útil.
El perro ciego que apretó el gatillo.
Días después de escuchar aquella cinta, me obligaron a ponerme mi uniforme de gala.
Me llevaron frente al mismísimo presidente de los Estados Unidos en la Casa Blanca.
Estaba rodeado de cámaras, de ministros, de generales y sonrisas falsas.
El presidente se acercó. Me dio un discurso sobre el valor y el patriotismo.
Me colgó la Cruz de Servicio Distinguido en el pecho. Me estrechó la mano con firmeza y me otorgó un nuevo nombre en código.
El título militar supremo:
Big Boss.
El guerrero legendario que había superado a The Boss.
Yo estaba allí, de pie frente a ellos, con el parche cubriendo mi ojo destrozado.
Pero no sentía nada.
Estaba muerto por dentro.
Miraba a aquellos hombres de traje.
Miraba al director de la CIA, que me sonreía desde una esquina de la sala.
Y solo sentía un asco profundo, un odio venenoso que me quemaba la garganta.
Me estaban felicitando efusivamente por haber asesinado a la patriota más grande de la historia.
Me estaban condecorando por haber sido su perro de presa.
Su verdugo engañado.
Me negué a estrechar la mano del director.
Me di media vuelta y salí de aquella farsa.
Fui directo al Cementerio Nacional de Arlington.
Caminé bajo un cielo gris plomo, rodeado de miles de cruces blancas perfectamente alineadas.
Caminé hasta encontrarme frente a una sencilla tumba apartada.
Sin nombre.
Sin epitafio.
Solo una fecha.
La tumba clandestina de una verdadera heroína, a la que el mundo entero escupiría para siempre.
Me arrodillé en la hierba fría.
Dejé su arma, «El Patriota», apoyada sobre la lápida de mármol.
Al lado, coloqué un ramo de lirios blancos, idénticos a los del campo donde la asesiné.
Me puse de pie.
Junté los talones y levanté mi mano derecha temblorosa en un saludo militar solemne.
Apreté los dientes hasta que me dolieron las mandíbulas, pero no pude contenerlo.
Las lágrimas rodaron por mi mejilla, quemando la cuenca vacía de mi ojo derecho y resbalando por mi rostro cansado.
Lloré por ella.
Lloré por mí.
Lloré por mi inocencia perdida.
Y lloré por cada maldito soldado en la historia del mundo que había sido utilizado, enviado a morir y desechado como basura por los intereses de su nación.
Aquel día, llorando frente a aquella lápida fría en Arlington...
la lealtad de Jack a los Estados Unidos murió y fue enterrada junto a su maestra.
Entendí que los gobiernos no tienen honor.
Entendí que nosotros, los soldados, las herramientas que sangran en el barro, somos solo recursos prescindibles.
Armas de carne y hueso que los políticos tiran a la basura cuando ya no les servimos para ganar su maldito poder y su dinero.
Juré por el fantasma de The Boss que jamás volvería a dejar que un hombre de traje dictara por qué, o por quién, debía dar mi sangre.
Me prometí a mí mismo que, si el mundo necesitaba soldados para pelear sus estúpidas guerras, entonces los soldados tendríamos nuestro propio lugar en el mundo.
Construiría un refugio absoluto para los guerreros sin patria.
Una nación armada e independiente.
Un ejército sin fronteras, lejos de las garras, las mentiras y la hipocresía de los gobiernos.
Un infierno para los políticos.
Pero un paraíso para nosotros.
Aquel día en el cementerio...
enterré a Jack.
Y de las cenizas de la Misión Virtuosa, con el corazón mutilado y el alma ennegrecida por la traición...
me levanté para construir mi utopía.
```Mi Outer Heaven.


